¿Permitimos la EDUCACIÓN EMOCIONAL?

 

 

14  y 21 de marzo de 2012

 

Muy de acuerdo con Bisquerra, en su libro Psicopedagogía de las emociones, es imprescindible desarrollar competencias emocionales entre el profesorado para que las pueda ejercer en su práctica profesional y extenderlas al alumnado, favoreciendo el desarrollo de las mismas en éstos.

 

En este sentido,  se debe formar al profesorado para que  actúen como agentes de cambio implantando programas de innovación educativa.

Para mí son importantes algunos de los objetivos de educación emocional que señala Bisquerra y que podemos extrapolar fácilmente al ámbito de la orientación. Entre ellos: prevenir los efectos nocivos de las emociones negativas, desarrollar la habilidad para generar emociones positivas, desarrollar la habilidad de automotivarse,  adoptar una actitud positiva ante la vida

 

Todos estos objetivos me parecen imprescindibles para poder afrontar cualquier dificultad, problema. De ahí que serán estos nuestros primeros objetivos para abordar inicialmente cualquier relación de ayuda.

Somos conscientes de que si una persona está experimentando una emoción negativa va a repercutir en todo lo demás y que nosotros vamos a poder enseñar, ayudar a esa persona a sustituir los pensamientos negativos que se encuentran detrás de esa emoción por unos pensamientos alternativos. Si el sujeto aprende este ejercicio, a no ver el lado negativo de las cosas, a buscar nuevas y diferentes alternativas,…va a ser un paso importante para enfrentarse a cualquier situación en la que se encuentre. La emoción que experimente o la actitud que desarrolle la persona pueden favorecer o dificultar cualquier situación a la que se pretenda encontrar situación.

 

Es decir, de acuerdo con Bisquerra, alcanzar esa actitud positiva hacia la vida que permitirá poder solventar, enfocar los problemas de una forma sencilla sin tener que añadir la dificultad de no saber, de no poder identificar esas emociones que me están impidiendo, por ejemplo, buscar alternativas a la situación en la que me encuentro o simplemente enfrentarme a ella.

 

Es obvio, que esta educación emocional debe trabajarse desde los primeros años, de la misma manera que lo es la repercusión que éstas tienen en todos los ámbitos de nuestra vida. En el escolar están continuamente repercutiendo en el día a día de los niños y muchas veces es ese estado afectivo-emocional la fuente de explicación de muchos problemas con los que nos vamos a encontrar en las aulas y que nos competen.

 

De esta manera, no sólo es importante que los niños identifiquen esas emociones y aprendan a regularlas sino también que nosotros, como maestros, psicopedagogos…seamos conscientes de cómo se encuentra, qué piensa, cómo se siente,…la persona/as que tenemos frente a nosotros y que requieren de nuestra ayuda. Serán, en muchas ocasiones, éstas las que marquen nuestra dirección primera de actuación.

 

¿Dónde ponemos el foco de atención?¿Podemos estar pendientes de todo?

12 de marzo de 2012

El atender a todas y cada una de las variables con las que nos encontramos en una relación de ayuda es lo difícil y, al mismo tiempo, lo esencial y buscado. No estamos acostumbrados a tomar conciencia de todas  y cada una de estas variables y, sin embargo, en ellas recae el peso y la importancia de todo lo que nos transmite la persona que tenemos en frente.

Parece fácil decir que nos gusta observar e incluso que somos observadores. Pero, ¿nos quedamos con lo que vemos o hay un trasfondo? Incluso, de lo que vemos, ¿qué observamos y procesamos?

Parece que con los verbos observar y mirar sucede algo similar a lo que ocurre con escuchar y oír. Podemos creer que miramos a la persona que tenemos delante, a la realidad que nos rodea, pero sin poner las “gafas” de observar los detalles, lo minucioso, lo que no “habla” por si mismo: los gestos, las emociones, las miradas, pensamientos, creencias,…

He ahí lo difícil de la tarea a la que nos enfrentamos y, sin embargo, la base de cualquier relación de ayuda. Es obvio entender que toda la información que nos dé (oral, corporal, emocionalmente…) la persona que tenemos delante va a ser necesaria e imprescindible, sobre todo, para no quedarnos con un único aspecto pues puede ser contradictorio a lo que sucede. Pueden existir diferencias entre lo que nos dice la persona y lo que nos expresa por otros medios. De ahí, que no se pueda subestimar ninguno de ellos.

Y si esto es importante, no es menos lo que la otra persona pueda observar en nosotros.  Creo que aquí es necesaria una reflexión profesional en la que se  analice la práctica diaria, se observe la repercusión en la otra persona y se evalúen los resultados de tal actuación.

Se me ocurre un ejemplo muy ilustrativo como puede ser el análisis de las estrategias  actitudinales que emplea un docente en el aula y que tienen una implicación corporal. En este sentido, se podrían analizar: cómo son los movimientos (serenos,..), si realiza movimientos en el aula, si eleva o no la voz, si mira fijamente o emplea ráfagas, si hace grandes movimientos con los segmentos corporales… Obviamente, todo esto va a tener una repercusión en su práctica y podrá, por lo tanto, realizar una evaluación de la misma.

De la misma manera, nos sucede, aún más si cabe, cuando nos enfrentamos a una relación de ayuda. Debemos ser conscientes de todos estos detalles y tenerlos en cuenta. No se trata de una actuación, si no que con la práctica debemos ir abarcando todas las variables para que ésta sea lo más efectiva posible.

Considero que si somos conscientes de que todo esto puede influir en la persona que tenemos delante de nosotros, no podemos restarle importancia ni dejarlo de lado. De la misma manera, creo que la evaluación no es menos importante. Es decir, podemos evaluar las repercusiones que estamos observando en la otra persona: si le estamos trasmitiendo seguridad, un clima que favorezca su expresión, si estamos permitiendo que exprese sus emociones, que se sienta comprendida, valorada…

En todo ello, va a jugar un papel muy importante todo lo que digamos, pero también lo que hagamos (corporalmente) y ahí debemos focalizar nuestra atención.  Focalizar nuestra atención en favorecer que la persona que tenemos delante se exprese, se valore, se acepte, se sienta comprendida…puesto que eso ha de ser  la base para afrontar cualquier problema.

Si la persona nota que no le estamos escuchando activamente, por ejemplo, no favorecerá todo ese entramado. Y como esto, cualquier otra cosa que con nuestros movimientos o gestos le transmitamos y no sea positivo, óptimo para alcanzar la situación ideal que favorezca esta situación de ayuda.

¿Cuándo orientamos?

 

7 de marzo de 2011

 

Quizás si respondiésemos a esta pregunta, rápidamente diríamos que cuando surge un problema. Sin embargo, si nos paramos a pensar, lo adecuado sería pensar en la anticipación a los problemas.

 

Pienso que debemos apostar, como profesionales de la orientación, por ese paso de lo “remedial” a lo preventivo. No quiere decir esto que tengamos que abarcar todas las variables y que a partir de ese momento no surjan los problemas. No es así, pero sí que podemos identificar factores de riesgo que con el tiempo puedan traer una serie de consecuencias, tal vez más graves.

 

Desde cualquier ámbito que nos situemos podríamos hablar de prevención, desde ese carácter proactivo. Como profesionales, allá donde trabajemos, debemos pensar siempre en la prevención y en orientar nuestra intervención en esa dirección.

 

Pongamos como ejemplo el ámbito de la educación.  Precisamente este ámbito, es objeto de cualquier tipo de prevención que podamos hacer pues estamos trabajando con una población que, dadas sus características, es susceptible para abordar muchos temas dirigidos a la prevención.

Considero que todo lo que “empape”a nuestros niños y jóvenes va a ser un avance en el futuro. Esto engloba desde cualquier dificultad de aprendizaje o temas más arduos como todos los que tienen que ver con el consumo de sustancias, cualquier tipo de violencia,…

 

Es cierto, que cada vez más escuchamos programas dirigidos a jóvenes en ese sentido y que, desde mi óptica, pueden ser de gran ayuda, entendida esta como una forma de prevenir a los jóvenes y que sean conscientes, por ejemplo, de los problemas futuros que pueden acarrear muchas prácticas.

 

Por todo ello, apuesto por ese enfoque preventivo, sin perder de vista que esto no va a impedir la aparición de problemas, pero considero que será en una menor medida.

Competencia: Trabajo en Equipo

5 de marzo de 2011

 

Si bien todas las competencias  que han de caracterizar a un orientador son indudables e incuestionables, me gustaría dejar plasmada una reflexión profesional sobre esta competencia: el trabajo en equipo.

 

Desde mi óptica, en cualquier profesión este trabajo en equipo es una forma de crecimiento personal que no se puede poner en duda y que, sin embargo, no siempre tiene los frutos que nos gustaría. En algo estamos fallando.

 

Considero que es otro aspecto más a trabajar y que hay que hacerlo desde edades tempranas para que, cuanto antes, la persona aprenda y desarrolle aspectos básicos que se engloban dentro de esta competencia y que son elementales, pero imprescindibles: implicación, compromiso, responsabilidad, respeto, diálogo,…

Esto visto desde el punto de vista del niño pequeño que vamos a poder ayudar para desarrollar esta habilidad o competencia. Creo que como orientadores tenemos mucho que hacer al respeto, ya sea de forma indirecta (a través del docente, por ejemplo) o directamente con los niños, a través del desarrollo de programas. Obviamente, no vamos a desarrollar un programa para trabajar esta competencia, pero ha de estar presente en cualquier otro y en el día a día.

 

Centrándome más en nuestra labor como orientadores, este trabajo en equipo cobra más importancia si cabe.  Va a ser una competencia fundamental ya que vamos a estar continuamente en contacto y trabajando “mano a mano” con otros profesionales.  Creo que como profesionales no debemos prescindir nunca de ningún otro profesional ya que no todo está a nuestro alcance y continuamente deberíamos estar pidiendo ayuda cuando nos enfrentemos a situaciones que consideramos no vamos a poder dar la respuesta que se merece la persona o que simplemente no estamos preparados para hacerlo.

 

Personalmente, pienso que lo que nos asusta en nuestra sociedad es el hecho de “pedir ayuda”, de, como he dicho en alguna otra ocasión, reconocer nuestros límites. Pretendemos abordarlo todo y, en este caso, trabajando con personas debemos abordar sólo lo que esté  “abordable” para nosotros. De no ser así, estaríamos haciendo un flaco favor a la persona y a nosotros mismos.

Nuestro objetivo o nuestra meta debería estar en desarrollar nuestra profesión buscando siempre la calidad y, para ello, debemos saber en qué casos lo que podamos ofrecer a la persona/as es lo mejor o, si por el contrario, habría alguien que pudiese hacerlo con una mayor eficacia.

 

No se trata, cuando me refiero al trabajo en equipo, de derivar continuamente mis solicitudes de ayuda a otro profesional sino que también, en otros muchos casos, vamos a tener que trabajar juntamente con otros profesionales.

Si ese trabajo se consigue que sea óptimo va a ser una fuente de riqueza personal y profesional, siempre vamos a aprender de los demás, en todos los ámbitos de la vida. En este caso, si nos referimos a la profesión que nos compete, siempre podremos conocer qué se está haciendo en otros sitios, aprender nuevas técnicas y formas de hacer… Esto es algo que no vamos a poder hacer solos sino que lo vamos a conseguir enriqueciéndonos de los demás y éstos también de nosotros. Se trata de un aprendizaje permanente.

 

En definitiva, el objetivo es despertar esa motivación por el trabajo en equipo para poder beneficiarse de todo lo que éste nos aporta.

 

Competencias del Orientador

27  y 29 de febrero de 2011

            ¿Sabemos cuáles son nuestros límites y nuestras posibilidades o potencialidades? ¿Nos cuesta reconocerlos?

 

Creo que ambas cuestiones tienen una respuesta afirmativa. Considero que conocemos nuestros límites, pero nos cuesta reconocerlos. Desde mi punto de vista, todas las personas tenemos límites, algunos los podemos superar, pero otros van a estar ahí y va a ser lo que nos haga diferentes, no tiene por qué ser positivo ni negativo. Quizás la palabra límite en este sentido tenga una cierta connotación “negativa” en nuestra sociedad y sea lo que nos haga huir de esa palabra, tratando de evitarla o escondiéndola debajo de otros conceptos.

En lo referido a las potencialidades pasa algo similar, no se trata de ir “pregonando” ni lo que somos ni lo que se nos da bien, pero existe de la misma manera un término medio, por lo menos, desde mi punto de vista.

 

Todo esto, lo dejo escrito aquí de una forma muy teórica casi como si de un libro estuviese sacado, pero soy la primera que soy consciente que este aspecto construye uno de mis límites.

Tenemos que conseguir, como profesionales que vamos a trabajar con personas, que en la medida de lo posible esos límites o áreas de mejora se conviertan en potencialidades y que ellos mismos sean conscientes tanto de sus límites como de sus posibilidades. Este será el punto de partida.

Pero para todo esto, para poder conseguir que la persona que tenemos en frente sea consciente de todo ello, nosotros mismos hemos de saber hacer este ejercicio.

Podemos enumerar una serie incontable de competencias, actitudes, características personales…que como orientadores deberían definirnos y será de esa  manera como podamos valorar en qué medida nos caracterizan, las poseemos y cuáles debemos trabajar. Aunque las trabajemos, debemos ser conscientes que será la experiencia y el día a día el que nos permitirá ir desarrollándolas y definiéndolas.

De la misma manera, es cierto, que en el equilibrio radica el éxito. Obviamente no vamos a ser expertos en todas estas competencias ya sean aquellas más personales o las profesionales. Debemos hacer ese ejercicio de conocernos, de tener en cuenta aquellos aspectos que sabemos que indudablemente nos van a ayudar en nuestra profesión y, al mismo tiempo, mostrar una actitud más activa en aquellas otras competencias que quizás tengamos que mejorar. Ahí se encontraría el equilibrio.

Quizás, si quisiéramos priorizar siempre vamos a subrayar unas frente a otras, pero personalmente considero que se trata de un compendio inseparable y que unas han de completar a las otras y que va a ser el conjunto de tales las que nos han de definir como orientadores.

 

En definitiva, se trata de conocernos mejor, de saber cuáles van a ser las cualidades, características, competencias…que nos van a acompañar en el día a día, puesto que a la larga esa va a ser nuestra principal tarea: que la persona que tenemos delante de nosotros se conozca. Será el punto de partida para abordar cualquier “problema”, dificultad o conflicto.

Expectativas

 

22 de febrero de 2011

Creo que la base, sustento de todas las reflexiones que plasme de aquí en adelante en mi blog personal va a estar fundamentada en las expectativas que me llevaron a decantarme por esta profesión como psicopedagoga y las que van a hacer “acto de presencia” en mi quehacer diario.

 

Obviamente para estar aquí, una licenciatura de segundo ciclo, he de venir de una diplomatura que innegablemente ha sido mi vocación.  Con esto quiero decir que, si quiero ser sincera conmigo misma, la posibilidad de ejercer mi profesión como maestra de Educación Infantil, siempre va a ser mi prioridad. Sin embargo, en el poco tiempo que llevo de andadura como “futura psicopedagoga” no tengo muy claros dónde están los límites entre una carrera y otra y, es más, me atrevo a decir que la Psicopedagogía en sí debería ser una asignatura de cualquier especialidad de Magisterio.

Me parece materia criticable el hecho de pasar por una carrera de tres años y no ver una asignatura de diagnóstico o de intervención propiamente dichas. Es cierto, que mi competencia, como maestra, no es diagnosticar, pero sí saber observar a un niño que tengo en mi aula y, en caso necesario, poder derivarlo al profesional pertinente. En una expresión: “no pecar de ignorancia”.

 

Pero, además, de todo esto, ¿qué me ha movido a decantarme por la carrera de Psicopedagogía?

En primer lugar, me gustaría subrayar que el ámbito que me apasiona es el de la educación y que me decantaría a trabajar con este colectivo. Es cierto, que no nos quedamos en los propios alumnos sino que detrás de cada “mirada” de un niño hay unos padres, un contexto familiar y social,…en los que vamos a tener que intervenir e implicarnos.

Hay algo que me motiva de esta profesión y es el hecho de poder ayudar a aquél que me necesita, pero ayudar en el sentido de “saber cómo hacerlo”. No estoy negando ni restándole importancia a la ayuda que pueda prestar a un niño en el que acompañe durante los primeros años de su vida como maestra. En el caso de referirme a la profesión como orientadora, creo que estoy formándome en herramientas para ello, para poder dar lo mejor de mí en las situaciones en las que soliciten mi “ayuda”.

Reitero el sentido que le quiero dar, en este caso, al verbo “ayudar”. Todos estamos en condiciones, pudiéramos decir, para ayudar a aquél que solicite nuestra ayuda, pero debemos exigirnos hacerlo con profesionalidad, con conocimiento de causa y dando lo mejor de nosotros mismos, sin que esto nos pueda afectar emocionalmente.

 

Con todo esto, y a modo de conclusión, estas expectativas se irán cubriendo conforme vaya superando hándicaps y alcanzando logros en mi quehacer diario. Creo que no existe mayor motivación que ir poco a poco viendo que tus esfuerzos tienen fruto y que sirven para hacer más fácil el día a día de muchas personas.